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Stefano Mereuwrote:
El Puente de los Perros
No viene al caso señalar los defectos de los campechanos, que son muchos, como corresponde a toda comunidad tropical heredera de una tradición que le permite vivir a costa del recuerdo; pero tampoco está de más mencionar que los alegres descendientes de una pintoresca mezcla de indígenas, comerciantes y piratas cultivan algunas virtudes singulares que, en el plano político, les han proporcionado siempre una estabilidad envidiable. Efectivamente, lo que en otros lugares se resuelve por medio de conflictos sangrientos, porque nadie está dispuesto a que su gremio sea humillado –y de las discusiones se pasa a las trompadas y a los garrotazos-, en Campeche se trueca en un mimetismo que ya quisiera para su coleto el más consumado camaleón. Y es así como, en tiempo de colonias, los porteños eran peninsularistas, y hasta los caballos pertenecían al partido español; en la época de la efervescencia insurgente, eran casi rebeldes; bajo la República, republicanos; durante el efímero imperio de Iturbide, monárquicos; y, cuando se enteraron de que la estrella del futuro Su Alteza Serenísima empezaba a fulgurar, se declararon satanistas. Esto último no obsta para que, en 1830, y para evitar fricciones innecesarias y tópicos mal entendidos, los campechanos fuesen paulistas; por aquello de que el comandante militar de la plaza, cuñado del esforzado caudillo veracruzano, se llamaba Francisco de Paula Toro, y porque sonaba más eufónico ese término que el de toristas. Don Pancho, en su calidad de jefe castrense de Campeche, no se sabe si poseía atribuciones administrativas propias del poder civil o se las tomaba por su cuenta; pero el hecho es que compartía la autoridad con el gobernador Don José Segundo Carvajal quien, nada celoso de los militares, prefería dejar a Don Francisco actuar, toda vez que el coronel se distinguía por su espíritu de progreso. Pues bien, quizá procurando la ventura de los campechanos, o por dar satisfacción a los deseos de su mujer, la virtuosa Doña Mercedes López de Santa Anna de Paula Toro, que gustaba de los paseos dominicales en el campo, héte que el comandante dispuso un día construir un puente sobre el canal de desagüe del suburbio de Santa Ana, vecindad a la que Doña Mechita le tenía particular afecto nacido probablemente de la homonimia. Recibió el encargo de realizar la obra el afamado alarife Don José de la Luz Solís, que fue también al arquitecto de la Alameda; y en pocos meses, gracias al empeño y la diligencia del experto maestro, el puente quedó casi listo. Como se anotó Doña Mercedes era aficionada a pasear por la campiña; y en cierto ocasión llegó, en compañía de su marido, a inspeccionar los trabajos del puente. La señora se mostró entusiasmada con la mejora material, y creyó prudente comentar que, además de que sería de indudable beneficio para los habitantes del barrio, a ella le serviría de viaducto para disfrutar de un acogedor rincón de descanso en medio del monte. Examinando lo contraído, atrajeron su atención los cuatro extremos en que el puente remataba, por lo que preguntó al alarife: -¿Quiere usted decirme, Don Pepe, para qué son los remates del puente? -Tengo instrucciones de mi coronel aquí presente –contestó el aludido-, de colocar sobre los remates cuatro hermosos pebeteros, que han pedido a México y se encuentran ya en camino, y que simbolizarán respectivamente el fuego inextinguible de la ciencia, del arte, del pensamiento y del amor. Después de oír tales palabras, la señora de Torno no preguntó más, pero guardó un silencio reflexivo. Transcurridos algunos días doña Mercedes, acompañada de un aya, se apeó de su carruaje frente al puente en ejecución, y tras ella bajo un mocetón que a duras penas sostenía una traílla a la que estaban sujetos dos magníficos e imponentes mastines. Dirigiéndose a Don José de la Luz, la primera dama interrogó: -¿Qué le parecería las estatuas de Aníbal y Alejandro para rematar el puente? A lo que respondió Don José: -Señora, creo que serían unos remates admirables; y, por otra parte, estarían acordes con la profesión de mi coronel, ya que tan augustos personajes fueron grandes guerreros. Dijo Doña Mechita: -No me he explicado claramente, Don Pepe; yo no estoy hablando de esos conquistadores franceses (Doña Mechita no era muy versada en historia universal) sino de perros, los que ve usted aquí; ¿no cree que quedarían soberbios como remates del puente?. Aunque cortesano, el señor Solís, que comprendió la intención de la de Toro, se atrevió a replicar: -¡Pero, Doña Merceditas! ¡No pretenderá usted que se modifique el proyecto de mi coronel! ¡El ha dicho que los pebeteros adornarán el puente, y que serán el símbolo de la constante aspiración de los campechanos, no importa que sean de este barrio, hacia lo alto! ¡Además, los pebeteros llegarán en el próximo barco! -Mire usted, Don Pepe –repuso Doña Mercedes-, yo respeto mucho a mi esposo y sus ideas, pero también adoro a mis perros; y se me ha ocurrido que especímenes de raza tan pura y majestuosa como Aníbal y Alejandro deben pasar a la posteridad, y nada mejor para ello que aprovechar los remates del puente. Y agregó: -Le ruego, y conste que no acostumbro hacerlo, que en lugar del proyecto original, usted que es un escultor consagrado, se ocupe de modelar cuatro figuras de mis mastines en actitud de ladrar, para que, ya puestos en su sitio, ejerzan la vigilancia permanente de la ciudad. Estoy segura de que de sus hábiles manos saldrán los perros más bellos que jamás ha esculpido ningún artista!. Halagado por haber sido ascendido de albañil a escultor, Don José de la Luz ya no respingó, y prometió a Doña Mercedes que atendería su súplica. Gananda la escaramuza por el lado del obrero, la dama se encaminó a ver a sí consorte; y ya de frente a él le dijo estas palabras, después de haber preparado con un cariñoso beso: -Panchito, hoy recibí carta de mi hermano Toño, y me ha recomendado que yo te salude con un fuerte abrazo. De esas cosas de política que no entiendo, dice que pronto substituirá al general Bustamante (éste era, en 1830, el Presidente de la República), y que yo te lo informe. Y también preguntó por Aníbal y Alejandro, los que, recordarás, él me obsequió; y me dice que le agradaría especialmente que se pusieran esfinges de los mastines en el puente en construcción. Don Francisco: -¡Mechota, querida mía, no faltaba más! No era necesario que le hablaras a Antonio del puente; basta que tu voluntad sea que las estatuas de tus perros se coloquen allí para que se cumpla tu deseo; y así se hará. Pensándolo bien, serán más artísticos los canes como remates del puente que los pebeteros. ¡Ah! Y cuando le escribas a tu hermano, dile que no se olvide de nosotros. En esa forma, Aníbal y Alejandro, reproducidas por partida doble, quedaron perpetuados en piedra en el puente del cuento; aunque no salieron imponentes de la mano del escultor; ni su actitud se antoja de ladrido vigilante sino de lúgubre lamento causado por la visión de un alma en pena. El puente fue inaugurado con el nombre de Puente de la Merced, según una placa conmemorativa en la que se lee la siguiente inscripción: “Año de MDCCCXXX. Se construyó este puente con el título de la Merced de Santa Ana, bajo la dirección del Alarife D. José de la Luz Solís”. El gobernador Carvajal mandó poner otra placa en el ya desde entonces llamado Puente de los Perros, con la siguiente leyenda: “MDCCCXXX. Se hizo por disposición del Señor coronel C. Francisco Toro, habiendo contribuido en unión de todo el partido, esta benemérita guarnición gratuitamente a su construcción y la de la alameda. A pueblos tan virtuosos militares tan recomendable, José Segundo Carvajal reconocido, dedica este documento.
Jan. 24
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Stefano Mereuwrote:
SULLE ALI DI WANG-NAJ
Era un luminoso mattino d'estate e per il piccolo "Falco-che-ride" sarebbe stato un giorno assolutamente speciale. Era il giorno del suo settimo compleanno e avrebbe trascorso tutto il tempo assieme al nonno Zampa d'Orso. Da lì a qualche giorno, al solstizio d'estate, si sarebbe celebrata la Danza del Sole e per la prima volta anche Falco-che-ride vi avrebbe preso parte. Era un rituale antichissimo la cui origine si perdeva in tempi lontani, nei quali gli uomini vivevano nel rispetto della terra che consideravano la loro "Grande Madre". Zampa d'Orso gli raccontò molte storie sulle origini della prateria e del suo popolo, storie di un passato vissuto in pace ed in armonia con tutte le forme del creato. " Devi sapere - gli disse il nonno - che a quei tempi nessuno avanzava pretese nei confronti della terra e la consideravamo non come un'eredità ricevuta dai nostri padri, ma come un immenso patrimonio preso in prestito dai nostri figli. Perciò abbiamo sempre preso solo ciò che ci era necessario per vivere e niente di più. Per questo motivo la terra con noi è sempre stata generosa e ci ha lasciato a disposizione la natura con tutti i suoi doni !" " E' per questo che facciamo la Danza del Sole ?"- chiese il piccolo indiano. " Sì ! Danziamo per ringraziare la nostra Grande Madre di averci dato la vita e nella speranza che i nostri figli possano fare lo stesso !" " Questo è un mio regalo per te !" - disse il vecchio, porgendo a Falco-che-ride un flauto di canne che aveva fatto apposta per lui. Poi , preso un altro flauto, gli fece ascoltare alcune antiche melodie e con pazienza gliele insegnò . Il piccolo indiano le imparò con facilità ed entusiasmo e nel pomeriggio dello stesso giorno il nonno, soddisfatto, gli diede in cambio del suo impegno un meraviglioso cavallo. Falco- che-ride corse in groppa al suo nuovo amico per il resto di quella memorabile giornata, finché il sole sparì oltre le montagne sull'orizzonte lontano. Quella stessa sera Falco-che-ride, col suo flauto al collo, si recò alla fonte poco fuori del pueblo per riempire alcune brocche d'acqua. Fu allora che si accorse che dal cielo cadevano alcune strane gocce dai riflessi argentei che non assomigliavano affatto alle piogge che aveva sempre visto. Una fitta foschia gli impediva di vedere da dove giungessero e così prese il suo cavallo e si diresse verso le colline poco distanti. Passato al di sopra della densa foschia, finalmente fu in grado di vedere che quelle gocce erano in realtà le lacrime della Luna. Questa, nelle sembianze di una giovane squaw, se ne stava seduta su di un altopiano a piangere in completa solitudine. Il piccolo indiano le chiese il motivo di tanto sconforto e lei rispose: " Piango, piccolo amico, perché ogni notte mi giungono le preghiere di voi uomini e in particolare quelle dei bambini, che mi chiedono aiuto per scacciare le sofferenze che vi rattristano. Ma io purtroppo non posso fare nulla e la vostra malinconia mi fa piangere. Spero solo che le mie lacrime vi invitino a riflettere e che riusciate ad eliminare le cause del vostro dolore!" " Ma io non sono triste!- disse Falco-che-ride - Cosa posso fare perché anche gli altri siano felici e perché tu non debba più piangere ? " " Sali in cima alla più alta di queste montagne, lì troverai il nido di Wang-Naj, la grande aquila. Lei è l'unica che può fare da tramite fra gli uomini e il Grande Capo del Sole. Se le spiegherai i tuoi buoni propositi, forse lei ti aiuterà." Falco-che-ride salì fino alla vetta più alta e lì trovò il nido della gigantesca Wang-Naj. Viveva là in cima da tempo immemorabile e nessun uomo aveva mai osato raggiungerla . Il piccolo indiano le raccontò ciò che lo aveva spinto ad arrampicarsi fin lassù alla ricerca del suo aiuto e Wang-Naj lo ascoltò con attenzione, poi infine parlò così: " Sei coraggioso piccolo uomo e i tuoi intenti sono sicuramente nobili, ma se vuoi che il Grande Capo del Sole ti ascolti dovrai fare qualcosa di speciale per lui. Sarà un viaggio lungo per salire fino al suo regno e sarà bene che nel frattempo ti prepari a fargli una gradita sorpresa o ci caccerà senza alcuna pietà". Wang-Naj fece salire Falco-che-ride sul proprio dorso e con possenti battiti d'ali e rapide planate si diresse verso il blu più profondo del cielo e proseguì oltre, finché i due giunsero nei pressi del Grande Capo del Sole. Falco-che-ride si rivolse al Grande Saggio. Osservò l'enorme copricapo da cui emanavano abbaglianti raggi di luce di intenso calore e raccontò il motivo della sua visita. Poi prima che l'altro potesse parlare, prese a suonare una dopo l'altra le melodie che gli aveva insegnato Zampa d'Orso, danzando senza fermarsi finché il Grande Capo si lasciò sfuggire una risata di puro divertimento. " Ah ! Ah ! Era da tantissimo tempo che non udivo queste canzoni e tu le hai suonate con grande maestria. Quando tornerai alla tua terra salutami Zampa d'Orso e consegnagli questo sacchetto !" Così dicendo gli porse un sacchetto contenente alcuni semi magici e gli disse di consegnarli al vecchio nonno, lui avrebbe saputo cosa farne. Poi salutò i due, tenendo per sé il flauto come ricordo. Durante il viaggio di ritorno Wang-Naj si complimentò col piccolo indiano per il risultato conseguito e gli spiegò come richiamarla se in futuro avesse avuto bisogno del suo aiuto. Il mattino seguente Falco-che-ride si precipitò dal nonno e gli raccontò d'un fiato la sua fantastica avventura. " Sei sicuro di non avere solo sognato? " - disse il vecchio inarcando le folte sopracciglia. Fu allora che il piccolo indiano gli diede il sacchetto e quando Zampa d'Orso lo aprì e ne vide il contenuto comprese che il bambino aveva detto la verità e che non c'era tempo da perdere. " Mostrami il luogo in cui hai visto cadere quelle gocce, perché proprio lì dobbiamo sotterrare questi strani semi !" Raggiunsero assieme la collina e lì misero a dimora i semi magici, dove era ancora visibile il punto in cui erano cadute le lacrime della Luna. "Ora dobbiamo solo aspettare…sono proprio fiero di te, ragazzo !"- disse Zampa d'Orso con un luminoso sorriso. Nell'attesa che qualcosa avvenisse i due ballarono e suonarono il flauto del nonno ripassando le canzoni del rituale della Danza del Sole. Quando il sole fu sufficientemente alto nel cielo e i suoi raggi poterono sfiorare il pendio sulla collina, dal terreno spuntarono centinaia di piante simili a quelle del mais. Ogni fusto portava almeno una dozzina di grosse pannocchie. Ogni pannocchia poi conteneva migliaia di minuscoli semi che brillavano come diamanti. Era uno spettacolo magnifico e Falco-che-ride e suo nonno impiegarono tutto il giorno per raccogliere tutti quei semi. Al crepuscolo fecero ritorno al pueblo e lì Zampa d'Orso diede al ragazzo un antico scudo in cui misero tutti i semi raccolti. Falco-che-ride salì sulla terrazza sopra la sua bassa casa e preparò un falò. Poi col nonno fece segnali di fumo in direzione della montagna, come gli aveva spiegato Wang-Naj. Poco dopo la gigantesca aquila comparve planando, mentre gli ultimi raggi del sole infiammavano il cielo poco sopra l'orizzonte. Wang-Naj atterrò leggera sul tetto piano e di lì spiccò il volo portando con sé il piccolo indiano col suo scudo. Sulle ali di Wang-Naj, Falco- che-ride volò per tutta la notte, percorrendo i cieli di tutto il mondo e spargendo ovunque i piccolissimi semi, come suo nonno gli aveva detto di fare. Quando i due fecero ritorno al pueblo stava sorgendo l'alba del nuovo giorno e trovarono Zampa d'Orso sul tetto ad attenderli. Wang-Naj raccolse le forze per fare ritorno al suo nido portando con sé l'ultimo dei semi rimasti. Si dice che lo conservi ancora come testimonianza della amicizia degli uomini. Quella fu ovunque, su tutta la terra, l'alba di un giorno speciale poiché ogni bambino si svegliò sorridendo e senza alcuna traccia di tristezza. Grazie all'impresa di Wang-Naj e di Falco-che-ride ognuno di loro portava nel cuore un seme straordinario, il seme della vita e della speranza. Come i semi magici del sacchetto, ogni bambino crescendo avrebbe dato nuovi frutti, moltiplicando quei sorrisi fino ad invadere l'intera umanità. Da quel giorno perfino la Luna smise per sempre di piangere. Esiste ancora uno di quei magici semi ed é compito di ognuno di noi farlo germogliare…
Jan. 24
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